La literatura de Antón Chéjov (Taganrog, Rusia 1860- Banderweiler, Alemania 1904) no sólo lo muestra como el representante fundamental del naturalismo moderno del siglo XIX dentro de la literatura rusa.
Sus letras también se vistieron de humor. Debemos tener en cuenta y como un detalle no menor que en aquella época la Rusia zarista (en sus últimos años) se vio fuertemente influida por Francia. Las familias más adineradas veían con agrado que sus hijos estudiaran en el país galo. Paralelamente las obras de Julio Verne (Jules Gabriel Verne, escritor nacido en Nantes, Francia 1828- Amiens, Francia 1905) eran ampliamente divulgadas. Ya no resultaba ajeno leer en francés.
El cuento “Las islas voladoras” dio nombre a un libro de edición posterior, aunque como relato corto fue publicado por primera vez en el año 1883 en la revista rusa conocida con el nombre de Alarma (según la traducción correspondiente).
A pesar que este relato es un cuento corto, está fragmentado en seis capítulos y suma al final la conclusión.
Esta es una parodia de las obras más populares de Julio Verne. Allí Chéjov cuenta una aventura peculiar donde el protagonista John Lund, un joven miembro de la Real Sociedad Geográfica se embarca en un proyecto grandilocuente. Lund desea perforar la Luna.
William Bolvanius, un estrambótico científico, concurre a una conferencia dada por Lund. Allí lo invita a conocer el observatorio. La propuesta de Bolvanius consiste en enviar una expedición a la Luna, basada en la observación de uno de los agujeros o puntos sospechosos sobre la superficie lunar. Así parten raudamente hacia la aventura Bolvanius, Lund y su criado Tom Grouse. John Lund sigue aún tratando de atravesar la luna por medio de la perforación. Tom Grouse se arrepiente de no haber traído “ninguna semilla del árbol de la Isla Voladora cuya savia tenía el mismo, el mismísimo sabor que el vodka ruso”.
Una aventura que continúa y juega con la reinvención cuando se suceden las páginas del relato.



