Profesional de enseñanza primaria. Docente en contextos de encierro. Representante docente JCyD. Directora jubilada.

Es verdad que el fuego como elemento espiritual representa la destrucción de todo lo malo, lo aleja, purifica y limpia los espacios y el alma. Así se entiende su efecto desde la antigüedad. En 1347 cuando la peste bubónica llegó desde Constantinopla y Europa ya se había teñido de negro y muerte, los cadáveres en principio eran arrojados al mar, pero se sospechaba que en los pliegues de su ropa la pestilencia podría tener vida aún y atacar nuevamente; por ello el fuego era el elemento con el que se despachaba a la muerte. De allí en adelante el fuego también se utilizó para acontecimientos no tan benévolos.

Ptolomeo en el siglo III a C. imaginó el paraíso cercano a los libros (así como Borges) y nació la Biblioteca de Alejandría, pero también, con ella, los problemas.

Se cree que Julio César llegó allí persiguiendo a Pompeyo, con el firme propósito de apoyar a la reina Cleopatra. Un fuerte combate terminó con parte de la llamada Biblioteca madre.

Varias quemas de libros se sucedieron después por causas más o menos nobles que la anterior, según la óptica con que se lo mire.

Shi Huangdi (259-210 a C.) causaba terror entre sus oponentes con un ejército vestido completamente de riguroso negro. En el 221 a C. logró la reunificación de los territorios de China, él sería el portador del título de “Soberano Emperador” (Huangdi), pero además de controlar todo lo que se encontraba por debajo y por encima de su cabeza ordenó quemar libros, a excepción de aquellos que hablaban sobre agricultura y medicina. Así centralizó poder e ideas y quien no estuviera de acuerdo era decapitado.

No se sabe con exactitud la fecha en que el Cardenal Francisco Jimenéz de Cisneros (1499 o 1500), confesor de los Reyes Católicos de España, se propuso integrar (a la fuerza) algo que se dio en llamar “evangelización”. En Granada forzó a los musulmanes al bautismo y envió destruir libros del Corán. Tanto énfasis puso en su tarea que cada casa fue registrada y los textos en árabe fueron llevados a la hoguera.

Los famosos “Autos de Fe” sembraron el horror por el 1500 en América, esos actos públicos establecidos durante la Inquisición incluían la confesión de sucesos que la Iglesia Católica consideraba dignos de llamarse “pecados”. En 1562 el franciscano Diego de Landa azotó cruelmente a gran cantidad de sacerdotes mayas, e incineró al menos dos códices mayas y objetos que consideraba de uso del culto pagano (los que halló en una cueva). Por ello nada tuvo de original la historia de quema de libros ocurrida en mayo de 1933 a manos del propio Goebbels, ministro de Propaganda del Régimen Nazi. La Plaza de la Ópera de Berlín fue el triste escenario de la destrucción de textos considerados representativos de la “decadencia moral” y el “bolchevismo cultural”.

Durante la Guerra Civil española (1936-1939) y el franquismo (1939-1975) también se destruyeron todos los textos relacionados con el judaísmo, la masonería, el marxismo y el separatismo.

La Dictadura Militar instaurada en la República Argentina a partir del 24 de marzo de 1976 golpeó fuertemente la cultura del país entre otras prácticas aberrantes. Al menos un par de quemas de libros quedaron documentadas de forma gráfica y audiovisual. Pero estas acciones se diseminaron por todo el país (Córdoba, Entre Ríos, Capital Federal y Rosario entre otras). Eran realizadas en lugares públicos, a la vista de todos, a modo de acto aleccionador para aquellos, quienes osaran atreverse a desafiar la autoridad impuesta por la fuerza.

El poeta Heinrich Heine (Alemania 1797- Francia 1856) escribió: “… donde se queman libros, al final también se acaba quemando gente.”

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