Licenciado en Estudios Orientales. Posgrado en Negocios y Comercio de Asia Pacífico e India. Política Internacional; extremismo religioso.

Durante la noche del martes australiano se sucedieron una serie de ataques en la ciudad de Darwin, ubicada al norte (frente a la isla de Timor) del país. El sospechoso, un hombre de 45 años de la ciudad, Ben Hoffmann, se encontraba bajo fianza durante los ataques.

El impacto se ve fuertemente potenciado en Australia porque se suma a otros hechos de violencia masiva con armas desde la masacre de Port Arthur en 1996, que parecía haber puesto un freno a estos eventos. Allí en 1996, un joven mató a 35 e hirió a 23, luego de protagonizar un día de persecución que finalizó en una toma de rehenes. Posterior a ello, Australia pasó una fuerte ley contra la posesión de armas semiautomáticas y reglamentó las licencias de tal forma que el acceso quedara limitado a unos pocos casos particulares.

En su momento, la reforma propuesta como reacción a la masacre de Port Arthur (parte de un año con más de 100 muertos por armas de fuego) redujo más del 50% las víctimas fatales, número que creció hasta 80% luego de 10 años. Asimismo, hubo un impacto directo en la tasa de suicidios.

El tiroteo en masa de Darwin, aunque aún no fue vinculado con ninguna motivación política o religiosa, recuerda a los eventos de este marzo en Nueva Zelanda; donde 51 perdieron la vida luego de una serie de tiroteos masivos y atentados a lo largo de Christchurch. Nueva Zelanda hoy enfrenta una reforma en la prohibición de armas semiautomáticas y mayor control en las licencias de tenencia, como alguna vez hizo su vecino Australia. Ahora la pregunta que surge, luego de dos hechos de violencia con armas de fuego en el gigante de Oceanía: ¿Funcionó la prohibición? Si, pero hay alicientes. Es cierto que Port Arthur marcó una antes y un después para Australia, pero han pasado más de 20 años, los contextos políticos y sociales han cambiado y siempre hay chances de un sistema que falle.

El atacante en Darwin, según reportan testigos, no sólo contaba con una escopeta recortada (arma ilegal en el país), sino que poseía una tobillera de rastreo. El arma, al parecer, fue robada en 1997. Ahora investigadores tratan de rastrear su origen así como el porqué del ataque. En lo que respecta al quién y cómo, parecería ser que el gran culpable son las fuerzas de seguridad: Hoffmann contaba con una escopeta que no debería estar en manos de nadie y era un convicto. Por otro lado, es cierto que la regulación ha ido cediendo, principalmente por la presión de los lobbystas pro-armas en Australia. Luego de una bajón propio por la tragedia de 1996, hubo un proceso de importación creciente en los últimos años pero que no ha alterado el porcentaje de armas per cápita. Desde los organismos que buscan retener el derecho a la portación de armas hacen referencia a la imposibilidad de regular el mercado negro y aprovechan la aparición de estos casos para demostrar su punto.

El impacto fuera de Australia

Con el debate impuesto sobre la limitación del acceso a las armas hace varios años en Estados Unidos, casos emblemas como el australiano siempre están sujetos a análisis para comprobar su eficacia e impacto en la población. La epidemia de las muertes por arma de fuego en USA y la altísima cantidad de tiroteos en masa han llevado a los que buscan limitar el acceso a las armas a mirar hacia Australia en más de una ocasión.El modelo, desde lo estadístico, se ha mostrado más que eficaz pero presenta algunas grietas en los últimos años; quedará pendiente si el primer ministro Scott Morrison presenta algún proyecto o campaña para corregir el curso o confía en la ley establecida.

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